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sábado, 14 de marzo de 2026

Los pecadores (Sinners), de Ryan Coogler: El blues de las dieciséis candidaturas

Lo que pasó aquella noche en el garito no fue solo una matanza vampírica: fue, para quienes estuvieron allí, el mejor día de su vida, hasta que salió el sol
Hay películas que parecen hechas para verlas en una sala llena y salir medio flotando, con la sensación de haber vivido un gran espectáculo. Los pecadores (Sinners), el proyecto vampírico y musical de Ryan Coogler con Michael B. Jordan por partida doble, es justo eso: un derroche de blues, sangre y puro cine que, si fuera por mí, arrasaría en todos los premios.

Un refugio en el corazón del Delta

Coogler coloca la historia en el delta del Mississippi en 1932. Dos hermanos gemelos, Smoke y Stack Moore (los dos interpretados por Jordan), vuelven de Chicago para convertir un viejo matadero en un “juke joint”: un garito de mala reputación, lleno de música, alcohol y deseo, donde la gente negra puede divertirse lejos de miradas blancas y sermones. Lo que empieza como el sueño de abrir un local se complica enseguida: la película no se olvida del racismo, la pobreza ni el peso de la religión, y lo mezcla todo con vampiros. El jefe de esos vampiros es Remmick (Jack O’Connell), un irlandés eternamente joven que llega con una promesa peligrosa: un paraíso sin racismo a cambio de sangre. Aunque O’Connell es británico, baila y se mueve con tanta soltura que una diría que lleva toda la vida en los pubs de Dublín, lo que refuerza esa sensación de “europeo errante” que viene a chuparle la vida al delta.

Donde el blues manda más que el colmillo

Lo mejor de Los pecadores es que aquí el mordisco no manda tanto como la música. El primo de los gemelos, Sammie “Preacherboy” Moore (Miles Caton), es un guitarrista y cantante con futuro de leyenda, y cada vez que se sube al escenario el local se transforma. La primera noche del garito, con Sammie, el pianista Delta Slim (Delroy Lindo) y la cantante Pearline (Jayme Lawson), es de esas escenas en las que el tiempo parece pararse: la música sube, el público se deja llevar y la película se queda un rato a vivir ahí, dentro del club. Se nota que muchas canciones se grabaron en directo, con músicos de blues auténticos mezclados con el reparto, y eso da una sensación de vida que no se puede fingir.

La banda sonora, firmada por Ludwig Göransson, es el corazón de la película. Coogler y él se meten de lleno en el blues del delta: guitarras con slide, ritmos sencillos, poca cosa más… y, sin embargo, suena a mundo entero. Hay ecos de los grandes nombres del género, pero no hace falta reconocerlos para disfrutarlo. El resultado es un sonido áspero, a veces sucio, que encaja de maravilla con el calor pegajoso del local y con la entrada de los vampiros, que parecen más glamur que monstruo clásico. A esto se añaden temas más actuales, incluida una canción original de Hailee Steinfeld, y el conjunto no desentona: la película respira tradición, pero sabe que se está estrenando en 2025.

Espectáculo visual y coreografía brutal

Visualmente, Los pecadores también entra por los ojos. El gran formato hace que la pantalla se llene de cuerpos bailando, humo, sudor y brillo de instrumentos. El garito levantado en mitad de los campos de algodón es un personaje más: es refugio y trampa, fiesta y amenaza. Por allí se cruzan el Ku Klux Klan local, el pastor que ve pecado en todo y la banda de vampiros que ofrece otra forma de escaparse del dolor. Coogler mira esos cuerpos negros bailando sin idealizarlos, pero también sin convertirlos en “mensaje” a cada plano: son personas que quieren divertirse una noche, aunque el mundo se caiga fuera.

El reparto está a la altura de la jugada. Michael B. Jordan diferencia muy bien a los dos hermanos: Smoke, más cerrado, cargado de culpa y de rabia; Stack, encantador pero cobarde cuando la cosa se pone fea. Impresionante la escena donde Stack espera solo a los del Ku Klux Klan: los va eliminando uno a uno en una coreografía brutal y apoteósica que te deja sin respiración –es de esas secuencias que justifican por sí solas la entrada al cine. A su alrededor brillan Wunmi Mosaku como Annie, la esposa de Smoke, que recurre al Hoodoo (sus propias creencias y rituales) en vez de al dios de los blancos; Hailee Steinfeld como Mary, la exnovia de Stack que se hace pasar por blanca pese a sus raíces multirraciales; y Miles Caton, que consigue que te creas que Sammie puede cambiar la atmósfera de un sitio solo con su guitarra. Delroy Lindo y Buddy Guy aportan esa tristeza suave de quien ya ha vivido demasiadas noches parecidas, y Jack O’Connell hace de Remmick un villano incómodo precisamente porque entiende el dolor de la comunidad a la que quiere devorar.

Un amanecer que lo cambia todo

Una de las ideas más bonitas de la película se entiende del todo en el epílogo, que salta a 1992. Vemos al Sammie anciano, convertido en estrella de blues, visitado por Stack y Mary. Lo que pasó aquella noche en el garito no fue solo una matanza vampírica: fue, para quienes estuvieron allí, el mejor día de su vida, hasta que salió el sol. La película insiste una y otra vez en que la música abre una puerta a otro lugar, aunque sea por unas horas. Ese “momento de libertad” tiene un precio altísimo, y ahí es donde el film se vuelve más político sin necesidad de discursos.

Como experiencia, Los pecadores, Sinners, es una gozada: mezcla terror, melodrama, comentario racial, romance maldito y musical sin pedir permiso. Hay escenas que te dejan clavada a la butaca (el primer concierto, Stack destrozando al Ku Klux Klan, el ataque final en el local, ese amanecer que lo cambia todo) y un uso del blues que hace que la película no se parezca a nada que esté ahora mismo en cartelera.

El duelo por la estatuilla

Sobre los Oscar, es impresionante el pulso que mantiene con Frankenstein. Con nada menos que 16 candidaturas, Los pecadores no solo es la gran favorita de la temporada, sino que se ha consolidado como un fenómeno incontestable que abarca desde la maestría técnica hasta la profundidad de sus interpretaciones. Es el reconocimiento definitivo a una obra que, partiendo del cine de género, ha logrado una relevancia política y artística total. Aunque para mí el duelo está reñidísimo con esa joya de Guillermo del Toro que es Frankenstein, el despliegue de Ryan Coogler merece cada una de sus nominaciones.

Eso sí, hay un Oscar que no quiero que se lleve: el de Sonido. Ese se lo dejo a nuestra Sirât, que se lo merece más. Más allá del ruido de premios y nominaciones, lo que me llevo es la sensación de haber pasado unas horas en un lugar imposible que ojalá existiera: un garito perdido en el delta donde cada canción abre una grieta entre este mundo y el otro. Si finalmente se alza con los premios principales, será el broche de oro para una película que, desde mi butaca, ya lo ha ganado todo




Ryan Coogler

Ficha Técnica

DirecciónRyan Coogler
GuionRyan Coogler
MúsicaLudwig Göransson
FotografíaAutumn Durald Arkapaw
RepartoMichael B. Jordan, Hailee Steinfeld, Miles Caton, Jack O’Connell, Wunmi Mosaku, Delroy Lindo, Jayme Lawson y Buddy Guy
PaísEstados Unidos
Año2025
Duración2h 17m
GéneroTerror / Musical / Blues
Estreno16 abril 2025 (cines). Actualmente en Movistar Plus (deseando su vuelta a las pantallas del cine)




martes, 3 de marzo de 2026

Joachim Trier y el "Valor Sentimental": Goya, Oscar y el espejo del ego

Este fin de semana, el cine europeo ha dictado sentencia. Valor Sentimental, lo nuevo de Joachim Trier, se ha llevado el Goya a Mejor Película Europea y el BAFTA a la Mejor Película de habla no inglesa, camino directo a los Oscar del 15 de marzo con nueve nominaciones (Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Actriz para Renate Reinsve, Mejor Actor de Reparto para Stellan Skarsgård, Mejor Guion Original, Mejor Fotografía, Mejor Montaje, Mejor Sonido, Mejores Efectos Visuales) —rival directa de Sirat en Mejor Película de habla no inglesa y Mejor Sonido. Tras su estreno en diciembre, seguro que la vemos otra vez en cartelera estos días.

El psicoanálisis de la farándula

La película es, técnicamente, impecable. Trier vuelve a demostrar que nadie filma la duda existencial como él, y Renate Reinsve está soberbia en un papel que parece escrito para su consagración definitiva. Pero no nos engañemos: esto es una sesión de terapia para gente del cine, actores y directores mirándose el ombligo con devoción.

Es ese "cine dentro del cine" que tanto gusta en festivales: gente de la farándula confesándose sin dejar de admirarse. Seamos sinceras: a quién no le encanta que le hablen de sus propios dramas. Es una élite cultural convirtiendo sus neurosis en arte y esperando que el resto encontremos algo universal en sus líos privados.

Una mirada desde el norte: El "frío" de Oslo

Como alguien que ha recorrido las calles de Noruega, no puedo evitar ver esta película bajo el prisma de su propia cultura. Recuerdo bien esa sensación en mi viaje: una sociedad donde la gente es reservada, no socializa en exceso y existe una especie de contención emocional constante.

En la película, esa frialdad noruega impregna cada silencio. Los personajes solo se sueltan cuando hay una cámara delante o están recitando un guion —en la vida real, ni flow. El alcohol y el psicoanálisis son las únicas válvulas de escape para romper esas barreras sociales. Trier clava ese aislamiento donde solo fluyen sentimientos si primero te conviertes en personaje.

Conclusión

Valor Sentimental es cita obligada para visitar la sala de cine, perfecta para discutir si esto es un drama humano de verdad o la industria haciéndose la gran artista. Sea como sea, es cine de alta calidad que merece ser visto, aunque solo sea para analizar esa vanidad que brilla tanto como sus Goya, BAFTA y futuras esperanzas de Oscar. Por supuesto, no es más entretenida que nuestra Sirât.

Ficha Técnica

  • Título original: Sentimental Value
  • Dirección: Joachim Trier
  • Guion: Joachim Trier, Eskil Vogt
  • Reparto: Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas, Elle Fanning
  • País: Noruega (2025)
  • Duración: 128 min.
  • Fotografía: Kasper Tuxen
  • Género: Drama, comedia agridulce

Joachim Trier