Esta semana la cartelera nos ha sorprendido a las más cinéfilas adelantando los estrenos. Lejos de suponer un trastorno, lo he tomado como la excusa perfecta para darle un pequeño vuelco a mi agenda —aprovechando que aún disfruto de vacaciones— y sumar un día extra de butaca y pantalla grande. Al fin y al cabo, solo se vive una vez.
Al revisar la oferta, me encontré con dos platos fuertes indudables: El ser querido y La constelación del perro. En lugar de tener que descartar, el cambio de fechas me ha permitido organizar la semana perfecta: el miércoles para nuestro cine y el viernes —como manda la tradición de este rincón— para lo último de Ridley Scott y Jacob Elordi. Reconozco que Elordi, aunque nos entregó una pifia monumental en Cumbres Borrascosas, logró redimirse y gustarme bastante en Frankenstein, así que tengo mucha curiosidad por ver qué hace ahora.
Pero centrándome ya en El ser querido, lo cierto es que no ha sido difícil la elección: apostar por Sorogoyen, Luengo y Bardem es ir sobre seguro. Javier Bardem, que en esta película está inmenso, siempre me ha parecido uno de los intérpretes más auténticos que tenemos, con una capacidad arrolladora para desnudarse frente a la cámara y resultar completamente creíble. A él le da réplica Victoria Luengo, una actriz magnética y de una contención milimétrica. Aunque confieso que como espectadora tengo muchas ganas de verla explorar otros registros, no se puede negar que es buenísima en este tipo de papeles.
A este duelo interpretativo hay que sumarle, por supuesto, la dirección de Rodrigo Sorogoyen. Si hay algo que caracteriza la filmografía del madrileño es que no tiene película mala. Sus historias siempre resultan absorbentes y de un pulso narrativo implacable, y visualmente esta cinta arranca con muchísima fuerza. Ya al inicio, cuando Bardem está esperando en un restaurante y llega Luengo —y descubrimos poco a poco el parentesco—, la cámara nos regala un juego de plano y contraplano magistral. En ese momento, sentada en la butaca, sabes de inmediato que estás viendo verdadero cine.
Sin embargo, una vez superado ese impacto inicial, nos encontramos con un argumento que no ofrece grandes novedades. Asistimos al reencuentro de un padre y una hija después de años de distanciamiento; dos personas que, en realidad, nunca tuvieron lo que podríamos llamar una vida familiar común. Durante el metraje, ambos desgranan su pasado, y es ahí donde colisionan, porque los recuerdos son muy distintos entre sí. La vulnerabilidad de la niñez, la mirada a menudo egoísta de los adultos, la alargada y tóxica sombra del alcohol... Todo este bagaje emocional se enreda en un fascinante ejercicio de metacine. Aquí, la idea de «una película dentro de una película» cobra un sentido literal y descarnado: él es el director, ella es su actriz, y el campo de batalla para este tenso reencuentro no es otro que el propio set de rodaje de su nuevo proyecto conjunto.
Toda esta historia de los recuerdos discordantes según quién los cuente y del recurso del cine dentro del cine es un terreno que ya está bastante trillado, por lo que el guion no brilla por su originalidad. Pero, ¡ojo!, con esto no quiero decir que no la haya disfrutado. Todo lo contrario. Me metí de lleno en la historia y me creí absolutamente a esa hija que siempre anheló tener un padre, igual que me creí a ese padre que, de verdad, intenta recuperarla. El envoltorio técnico es impecable: la dirección, la fotografía y unas interpretaciones que te arrastran. Si el texto me resultó predecible, lo fue porque lo que retrata son conflictos tan humanos y terrenales que no necesitan giros rebuscados. Disfruté enormemente de la proyección y salí de la sala aplaudiendo, aunque fuera de forma metafórica.
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| Rodrigo Sorogoyen |






















































