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Esta semana en nuestra sección nos toca hablar de la que nos han vendido hasta la saciedad como "la película del verano": la adaptación de La odisea de Christopher Nolan. Y digo "vendido" porque, como espectadora que busca algo más que fuegos artificiales en la sala de cine, el resultado final se siente exactamente como eso: una enorme y cínica transacción comercial disfrazada de cine de autor.
El espejismo del IMAX (y por qué en España la vemos a medias)
Antes de entrar en materia, creo que es necesario hacer un apunte técnico. Nolan ha concebido y rodado esta película pensando puramente en el formato IMAX de 70mm. Para las que no estéis familiarizadas, no es solo una pantalla un poco más grande de lo normal; es un ecosistema completo donde la película física corre en horizontal para crear un fotograma inmenso, casi cuadrado (con una relación de aspecto de 1.43:1). El objetivo de esta arquitectura, sumado al diseño de grada empinada de la sala, es inundar por completo tu visión periférica, de la cabeza a los pies.
¿El problema? En toda España no existe ni una sola sala capaz de proyectar este formato puro. Así que, vayamos al cine que vayamos, ya partimos con la enorme desventaja de ver una obra "recortada" y adaptada a pantallas convencionales o IMAX digitales que se dejan por el camino gran parte de esa grandiosidad vertical. Dicho esto, y asumiendo que aquí es imposible ver la película tal y como el director la soñó, toca hablar de lo que sí hemos visto, porque me te-mo que el problema de la cinta va mucho más allá del tamaño de la pantalla.
Un casting diseñado por un algoritmo de relaciones públicas
Hablemos del elefante en la habitación. El reparto de esta película es un desastre absoluto, un batiburrillo de rostros conocidos metidos con calzador que no tienen ningún tipo de química ni cohesión en pantalla.
Ver a Matt Damon, Tom Holland, Zendaya, Robert Pattinson, Charlize Theron y Lupita Nyong'o compartiendo este universo no transmite la sensación de estar ante un crisol de culturas, sino ante un escudo corporativo. Y por si faltaba alguna casilla por marcar en el formulario de recursos humanos, ahí tenemos a Elliot Page, introducido en la trama de forma completamente artificial para cubrir la cuota de la "diversidad trans", ejem. Es un casting calculado al milímetro en despachos de Hollywood para acallar cualquier pregunta incómoda antes incluso de que se formule. En lugar de buscar intérpretes que respiren la esencia de los personajes, han rellenado un excel de representación para evitar polémicas en redes sociales, sacrificando por completo la verosimilitud de la historia.
Entretenimiento a ráfagas frente al vacío narrativo
Sería injusta si dijera que el viaje es un completo tedio. Como buen producto de estudio diseñado para no dar un respiro, la película resulta entretenida por momentos y sabe jugar con la tensión cuando se lo propone. Hay destellos de pulso firme, y admito que disfruté genuinamente con la secuencia del gigante Polifemo; ahí es donde verdaderamente sientes el terror, la asfixia y la escala de la amenaza.
El problema es que esos picos de adrenalina son solo eso: pirotecnia visual para enmascarar un vacío abismal. Nolan ha despojado al relato de toda su poesía, su mística y su profundidad existencial para entregarnos un blockbuster ruidoso. Los dioses y el resto de los monstruos están ahí, pero en conjunto se sienten como un mero trámite de efectos especiales, sin el peso simbólico que exige la obra original.
Lo poco salvable: Ítaca y la realidad del asedio
Si hay algo a lo que podemos agarrarnos en estas casi tres horas de metraje, es al retrato que se hace de Ítaca. La trama de Penélope (Anne Hathaway) y la invasión de los pretendientes se despoja de romanticismos baratos. Al menos, el guion acierta al enmarcar el acoso que sufre en su propio palacio como lo que es: pura y dura violencia machista. Es un reflejo crudo de un entorno de poder masculino intentando anularla, y Hathaway defiende el papel con la poca dignidad que la maquinaria del estudio le permite.
El veredicto
Al final, La odisea de Nolan es un monumento a la vanidad de una industria que cree que con talonario y cuotas de pantalla se puede comprar la épica. Parece que al responsable de cintas como Inception, Interstellar, Tenet u Oppenheimer se le ha olvidado un pequeño gran detalle: La odisea no es ciencia ficción ni un puzle temporal, es un mito fundacional. Y los mitos requieren un alma y una sensibilidad que aquí brillan por su ausencia.
Aunque la cinta tiene momentos de tensión bien ejecutados que consiguen entretener, en el fondo es una superproducción hueca, diseñada para la taquilla y los titulares. Una oportunidad perdida que nos recuerda por qué, muchas veces, es preferible refugiarse en el cine independiente o en propuestas de directores asiáticos que sí saben tratar el ritmo y la profundidad de sus historias con el respeto que merecen. En definitiva, podéis ahorraros el viaje.
Reparto principal: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Lupita Nyong'o, Zendaya, Charlize Theron, Samantha Morton, John Leguizamo, Himesh Patel, Jon Bernthal, Bill Irwin, Benny Safdie, Robert Pattinson y Elliot Page.
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