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sábado, 14 de marzo de 2026

Los pecadores (Sinners), de Ryan Coogler: El blues de las dieciséis candidaturas

Lo que pasó aquella noche en el garito no fue solo una matanza vampírica: fue, para quienes estuvieron allí, el mejor día de su vida, hasta que salió el sol
Hay películas que parecen hechas para verlas en una sala llena y salir medio flotando, con la sensación de haber vivido un gran espectáculo. Los pecadores (Sinners), el proyecto vampírico y musical de Ryan Coogler con Michael B. Jordan por partida doble, es justo eso: un derroche de blues, sangre y puro cine que, si fuera por mí, arrasaría en todos los premios.

Un refugio en el corazón del Delta

Coogler coloca la historia en el delta del Mississippi en 1932. Dos hermanos gemelos, Smoke y Stack Moore (los dos interpretados por Jordan), vuelven de Chicago para convertir un viejo matadero en un “juke joint”: un garito de mala reputación, lleno de música, alcohol y deseo, donde la gente negra puede divertirse lejos de miradas blancas y sermones. Lo que empieza como el sueño de abrir un local se complica enseguida: la película no se olvida del racismo, la pobreza ni el peso de la religión, y lo mezcla todo con vampiros. El jefe de esos vampiros es Remmick (Jack O’Connell), un irlandés eternamente joven que llega con una promesa peligrosa: un paraíso sin racismo a cambio de sangre. Aunque O’Connell es británico, baila y se mueve con tanta soltura que una diría que lleva toda la vida en los pubs de Dublín, lo que refuerza esa sensación de “europeo errante” que viene a chuparle la vida al delta.

Donde el blues manda más que el colmillo

Lo mejor de Los pecadores es que aquí el mordisco no manda tanto como la música. El primo de los gemelos, Sammie “Preacherboy” Moore (Miles Caton), es un guitarrista y cantante con futuro de leyenda, y cada vez que se sube al escenario el local se transforma. La primera noche del garito, con Sammie, el pianista Delta Slim (Delroy Lindo) y la cantante Pearline (Jayme Lawson), es de esas escenas en las que el tiempo parece pararse: la música sube, el público se deja llevar y la película se queda un rato a vivir ahí, dentro del club. Se nota que muchas canciones se grabaron en directo, con músicos de blues auténticos mezclados con el reparto, y eso da una sensación de vida que no se puede fingir.

La banda sonora, firmada por Ludwig Göransson, es el corazón de la película. Coogler y él se meten de lleno en el blues del delta: guitarras con slide, ritmos sencillos, poca cosa más… y, sin embargo, suena a mundo entero. Hay ecos de los grandes nombres del género, pero no hace falta reconocerlos para disfrutarlo. El resultado es un sonido áspero, a veces sucio, que encaja de maravilla con el calor pegajoso del local y con la entrada de los vampiros, que parecen más glamur que monstruo clásico. A esto se añaden temas más actuales, incluida una canción original de Hailee Steinfeld, y el conjunto no desentona: la película respira tradición, pero sabe que se está estrenando en 2025.

Espectáculo visual y coreografía brutal

Visualmente, Los pecadores también entra por los ojos. El gran formato hace que la pantalla se llene de cuerpos bailando, humo, sudor y brillo de instrumentos. El garito levantado en mitad de los campos de algodón es un personaje más: es refugio y trampa, fiesta y amenaza. Por allí se cruzan el Ku Klux Klan local, el pastor que ve pecado en todo y la banda de vampiros que ofrece otra forma de escaparse del dolor. Coogler mira esos cuerpos negros bailando sin idealizarlos, pero también sin convertirlos en “mensaje” a cada plano: son personas que quieren divertirse una noche, aunque el mundo se caiga fuera.

El reparto está a la altura de la jugada. Michael B. Jordan diferencia muy bien a los dos hermanos: Smoke, más cerrado, cargado de culpa y de rabia; Stack, encantador pero cobarde cuando la cosa se pone fea. Impresionante la escena donde Stack espera solo a los del Ku Klux Klan: los va eliminando uno a uno en una coreografía brutal y apoteósica que te deja sin respiración –es de esas secuencias que justifican por sí solas la entrada al cine. A su alrededor brillan Wunmi Mosaku como Annie, la esposa de Smoke, que recurre al Hoodoo (sus propias creencias y rituales) en vez de al dios de los blancos; Hailee Steinfeld como Mary, la exnovia de Stack que se hace pasar por blanca pese a sus raíces multirraciales; y Miles Caton, que consigue que te creas que Sammie puede cambiar la atmósfera de un sitio solo con su guitarra. Delroy Lindo y Buddy Guy aportan esa tristeza suave de quien ya ha vivido demasiadas noches parecidas, y Jack O’Connell hace de Remmick un villano incómodo precisamente porque entiende el dolor de la comunidad a la que quiere devorar.

Un amanecer que lo cambia todo

Una de las ideas más bonitas de la película se entiende del todo en el epílogo, que salta a 1992. Vemos al Sammie anciano, convertido en estrella de blues, visitado por Stack y Mary. Lo que pasó aquella noche en el garito no fue solo una matanza vampírica: fue, para quienes estuvieron allí, el mejor día de su vida, hasta que salió el sol. La película insiste una y otra vez en que la música abre una puerta a otro lugar, aunque sea por unas horas. Ese “momento de libertad” tiene un precio altísimo, y ahí es donde el film se vuelve más político sin necesidad de discursos.

Como experiencia, Los pecadores, Sinners, es una gozada: mezcla terror, melodrama, comentario racial, romance maldito y musical sin pedir permiso. Hay escenas que te dejan clavada a la butaca (el primer concierto, Stack destrozando al Ku Klux Klan, el ataque final en el local, ese amanecer que lo cambia todo) y un uso del blues que hace que la película no se parezca a nada que esté ahora mismo en cartelera.

El duelo por la estatuilla

Sobre los Oscar, es impresionante el pulso que mantiene con Frankenstein. Con nada menos que 16 candidaturas, Los pecadores no solo es la gran favorita de la temporada, sino que se ha consolidado como un fenómeno incontestable que abarca desde la maestría técnica hasta la profundidad de sus interpretaciones. Es el reconocimiento definitivo a una obra que, partiendo del cine de género, ha logrado una relevancia política y artística total. Aunque para mí el duelo está reñidísimo con esa joya de Guillermo del Toro que es Frankenstein, el despliegue de Ryan Coogler merece cada una de sus nominaciones.

Eso sí, hay un Oscar que no quiero que se lleve: el de Sonido. Ese se lo dejo a nuestra Sirât, que se lo merece más. Más allá del ruido de premios y nominaciones, lo que me llevo es la sensación de haber pasado unas horas en un lugar imposible que ojalá existiera: un garito perdido en el delta donde cada canción abre una grieta entre este mundo y el otro. Si finalmente se alza con los premios principales, será el broche de oro para una película que, desde mi butaca, ya lo ha ganado todo




Ryan Coogler

Ficha Técnica

DirecciónRyan Coogler
GuionRyan Coogler
MúsicaLudwig Göransson
FotografíaAutumn Durald Arkapaw
RepartoMichael B. Jordan, Hailee Steinfeld, Miles Caton, Jack O’Connell, Wunmi Mosaku, Delroy Lindo, Jayme Lawson y Buddy Guy
PaísEstados Unidos
Año2025
Duración2h 17m
GéneroTerror / Musical / Blues
Estreno16 abril 2025 (cines). Actualmente en Movistar Plus (deseando su vuelta a las pantallas del cine)




martes, 3 de marzo de 2026

Joachim Trier y el "Valor Sentimental": Goya, Oscar y el espejo del ego

Este fin de semana, el cine europeo ha dictado sentencia. Valor Sentimental, lo nuevo de Joachim Trier, se ha llevado el Goya a Mejor Película Europea y el BAFTA a la Mejor Película de habla no inglesa, camino directo a los Oscar del 15 de marzo con nueve nominaciones (Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Actriz para Renate Reinsve, Mejor Actor de Reparto para Stellan Skarsgård, Mejor Guion Original, Mejor Fotografía, Mejor Montaje, Mejor Sonido, Mejores Efectos Visuales) —rival directa de Sirat en Mejor Película de habla no inglesa y Mejor Sonido. Tras su estreno en diciembre, seguro que la vemos otra vez en cartelera estos días.

El psicoanálisis de la farándula

La película es, técnicamente, impecable. Trier vuelve a demostrar que nadie filma la duda existencial como él, y Renate Reinsve está soberbia en un papel que parece escrito para su consagración definitiva. Pero no nos engañemos: esto es una sesión de terapia para gente del cine, actores y directores mirándose el ombligo con devoción.

Es ese "cine dentro del cine" que tanto gusta en festivales: gente de la farándula confesándose sin dejar de admirarse. Seamos sinceras: a quién no le encanta que le hablen de sus propios dramas. Es una élite cultural convirtiendo sus neurosis en arte y esperando que el resto encontremos algo universal en sus líos privados.

Una mirada desde el norte: El "frío" de Oslo

Como alguien que ha recorrido las calles de Noruega, no puedo evitar ver esta película bajo el prisma de su propia cultura. Recuerdo bien esa sensación en mi viaje: una sociedad donde la gente es reservada, no socializa en exceso y existe una especie de contención emocional constante.

En la película, esa frialdad noruega impregna cada silencio. Los personajes solo se sueltan cuando hay una cámara delante o están recitando un guion —en la vida real, ni flow. El alcohol y el psicoanálisis son las únicas válvulas de escape para romper esas barreras sociales. Trier clava ese aislamiento donde solo fluyen sentimientos si primero te conviertes en personaje.

Conclusión

Valor Sentimental es cita obligada para visitar la sala de cine, perfecta para discutir si esto es un drama humano de verdad o la industria haciéndose la gran artista. Sea como sea, es cine de alta calidad que merece ser visto, aunque solo sea para analizar esa vanidad que brilla tanto como sus Goya, BAFTA y futuras esperanzas de Oscar. Por supuesto, no es más entretenida que nuestra Sirât.

Ficha Técnica

  • Título original: Sentimental Value
  • Dirección: Joachim Trier
  • Guion: Joachim Trier, Eskil Vogt
  • Reparto: Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas, Elle Fanning
  • País: Noruega (2025)
  • Duración: 128 min.
  • Fotografía: Kasper Tuxen
  • Género: Drama, comedia agridulce

Joachim Trier

sábado, 28 de febrero de 2026

La calidez del “gaijin” en Rental Family, de Hikari ひかり


Hay películas que parten de lo improbable para rozar la verdad. Rental Family, de Hikari, es una de ellas. Imagina un hombre en Tokio cuya profesión consiste en fingir que pertenece a la vida de los demás: padre, novio, hermano, periodista. Lo contratan para llenar huecos, para sostener la forma de algo que se rompió hace tiempo. Pero, como sucede en los relatos que parecen ligeros y terminan por doler, la farsa empieza a revelar su propia ternura.

Brendan Fraser encarna a ese extranjero que sobrevive entre la precariedad y la impostura. Lo que podría ser un papel excéntrico se transforma, bajo la dirección de Hikari, en una exploración sobre la vulnerabilidad y la pertenencia. Su mirada —cansada pero luminosa— contiene un tipo de compasión que escapa a las palabras: la de quien observa el mundo sin entenderlo del todo, y precisamente por eso puede ofrecer consuelo. El “gaijin”, ese término con el que el idioma japonés designa lo que está fuera, se convierte aquí en un espejo. No impone una mirada extranjera, sino que permite que lo íntimo fluya en otra dirección: de lo local hacia lo universal.

Hikari no teme el artificio. Su película elige la ternura en lugar del drama, y en esa elección hay una forma de resistencia. Cada encuentro entre Fraser y sus “familias” inventadas abre un resquicio en la soledad. En esos gestos contractuales, pagados por horas, aparece una forma de amor más pura que cualquier vínculo biológico.

Pienso en Tokyo Sonata, de Kiyoshi Kurosawa, aquella familia deshilachándose en silencio que intenté descifrar en el blog de Cosas de Bara. Allí el derrumbe estaba aún agazapado bajo la mesa del comedor; en Rental Family, en cambio, la caída ya ha ocurrido y solo queda recoger los restos y fingir una nueva forma de hogar. En cada plano hay un pudor luminoso: cafés en penumbra, pasillos donde lo artificial se disuelve en una respiración compartida.

Visualmente, la película rehúye del espectáculo. Filma los espacios domésticos con la precisión de quien sabe que los afectos —como las sombras— solo se revelan en la distancia justa. La cámara de Hikari acompaña sin irrumpir, dejando que los cuerpos hablen en sus silencios.

Al final, Rental Family plantea algo tan sencillo como urgente: quizá fingir cariño sea, a veces, la única manera de recordar cómo se siente el cariño real. En esa paradoja habita toda su verdad, y también su belleza.

Ficha técnica

  • Directora: Hikari ひかり (宮崎 光代 Miyazaki Mitsuyo)
  • Año: 2025 (estrenada en España a principios de enero de 2026)
  • Duración: 103 min
  • Reparto: Brendan Fraser, Mari Yamamoto, Takehiro Hira, Akira Emoto

¿Sabías que...? El negocio de la soledad real

Aunque la película de Hikari ひかり nos parezca una fantasía, en Japón existe una industria real llamada "Bakemono" o servicios de "Alquiler de personas".

  • Empresas pioneras: Compañías como Family Romance (fundada por Ishii Yuichi) ofrecen un catálogo de más de 800 actores para alquilar.
  • Más que familias: No solo se alquilan padres o maridos; los servicios más solicitados incluyen "amigos" para hacerse fotos en Instagram, invitados para bodas e incluso personas que piden perdón por ti en el trabajo.
  • El precio de la compañía: Alquilar a un "padre" para una tarde puede costar unos 20.000 yenes (unos 120€ aproximadamente), más los gastos de comida o transporte del actor.
  • La norma de oro: Al igual que en la película, la regla número uno es "prohibido el contacto físico". Es una transacción puramente emocional y social.








Hikari


viernes, 20 de febrero de 2026

El agente secreto: El impacto visual de Kleber Mendonça Filho y las sombras de un guion enigmático


Hay películas que te atrapan antes de que aparezca el título en pantalla. En El agente secreto, bastan unos kilómetros de carretera y un Wagner Moura magnético al volante de su escarabajo amarillo para saber que no vamos a poder movernos del asiento.

Esa secuencia inicial es puro cine. Una parada en una gasolinera que nos sumerge en un absurdo inquietante: un cadáver a medio tapar con perros merodeando a su alrededor, y ese hombre gordo y sudoroso (interpretado por Otávio Muller) con la camisa desabrochada que resulta casi repulsivo. Este arranque es una declaración de intenciones de Kleber Mendonça Filho: un comienzo espectacular que no te deja ni parpadear.

Un Wagner Moura hipnótico en una trama que no se aclara

Moura sostiene la película con una presencia hipnótica. Su Marcelo es un hombre que huye de São Paulo buscando refugio en un Recife asfixiante por la dictadura de 1977. Sin embargo, pasada la fascinación inicial, la película nos obliga a una inquietud constante, y no siempre por buen camino. Aunque la crítica internacional la ha encumbrado, como espectadora no puedo evitar sentir que el guion se pierde en sus propias metáforas. Hay una dispersión narrativa que deja preguntas sin respuesta: el pasado de Marcelo, ese hijo distante, el motivo real por el que quieren matarle… Todo queda sugerido, pero rara vez se concreta.

Esa falta de información, sumada a personajes casi simbólicos, como el prisionero judío interpretado por el gran Udo Kier en el que fue su último papel antes de fallecer a finales de 2025, nos mantiene en una arena movediza. Es imposible no ver esa breve escena sin una punzada de tristeza: una despedida enigmática para un actor irrepetible

Pero quizás lo más frustrante es la desconexión emocional que produce el relato. Me ocurrió especialmente con las dos mujeres que transcriben las cintas magnetofónicas: durante gran parte del metraje las vemos escuchando sin entender para qué, y cuando al final se aclara su propósito, ya nos hemos desconectado de ellas. Esa distancia se traslada también a un final que me resultó descuidado: ese salto temporal nos muestra a un hijo al que parece no interesarle lo más mínimo la trágica historia de su padre, dejando una sensación de vacío que empaña la brillantez técnica de la obra.

Camino a los Oscar: El duelo de titanes

A pesar de esos peros narrativos, la película llega precedida por un éxito arrollador, sumando cuatro nominaciones a los Oscar: Mejor Película, Mejor Película Internacional, Mejor Actor (merecidísima para Moura) y Mejor Dirección de Reparto. En la categoría internacional se verá las caras con nuestra gran esperanza, Sirât, de Oliver Laxe, que cuenta con dos candidaturas: Mejor Película Internacional y Mejor Sonido (siendo esta última nominación una sorpresa absoluta, pero muy merecida por cómo Laxe utiliza el espacio sonoro para envolvernos)

Y aunque la obra de Mendonça Filho es una pieza potente, mi apuesta en esta carrera está con Sirât. Ojalá la propuesta de Oliver Laxe se lleve el Oscar para España. ¡Toda la suerte del mundo para nuestra película!

Veredicto tras el visionado

Más allá de la batalla por los premios, no dejéis pasar la oportunidad de ver El agente secreto ahora que está en cartelera, aunque sea solo por ver ese inicio prodigioso y el despliegue de Wagner Moura. Yo salí del cine todavía dándole vueltas a lo que no se termina de explicar. Puede que El agente secreto se pierda en su propio laberinto, pero su sombra queda. Y a veces, eso ya es suficiente cine.

Si tenéis un hueco este fin de semana, id a verla y contadme si a vosotros os ha pasado lo mismo. Pero recordad... ¡en la gala todos con Laxe!



Kleber Mendonça Filho

sábado, 14 de febrero de 2026

No hay otra opción (No other choice어쩔수가없다 ). Arcadia: el hilo invisible entre Park Chan-wook y Costa-Gavras


¿Qué estarías dispuesta a hacer si el sistema decidiera que ya no sirves para nada?

Tengo una regla de oro: cuando decido ir al cine, me blindo. Apago el ruido, esquivo los tráileres y me pierdo hasta las entrevistas de los directores para dejar que la pantalla me pille totalmente desprevenida. Quiero que la historia me asalte sin previo aviso y eso fue exactamente lo que ocurrió ayer, día de su estreno en España, viendo en versión original No hay otra opción (No Other Choice).

La última genialidad de Park Chan-wook (박찬욱), protagonizada por un hipnótico Lee Byung-hun (이병헌) y una Son Ye-jin (손예진) que sostiene el relato con una fuerza magistral, me dejó todavía con el impacto en el cuerpo cuando aparecieron los créditos finales... y con ellos, una sorpresa: una dedicatoria explícita a Costa-Gavras. No tardé ni medio minuto en sacar el teléfono para averiguar un dato revelador: el director coreano llevaba años queriendo adaptar la novela The Ax y, cuando por fin se decidió, descubrió que el maestro griego ya se le había adelantado en 2005 con "Arcadia".

Su admiración es tal que decidió rodar su versión como un homenaje, en un proyecto tan personal que incluso la esposa e hijo de Costa-Gavras participaron en la producción. Nada más llegar a casa, la curiosidad pudo conmigo y busqué la cinta original; la tenemos en Filmin, así que el programa doble estaba servido.

El sistema contra el individuo

Ambas películas adaptan la novela de Donald E. Westlake, quien usó el género criminal para diseccionar las ansiedades de la clase media. Nos presenta a un ejecutivo que, tras ser despedido en una reestructuración, descubre que en esta sociedad capitalista saturada, la única forma de recuperar su puesto es eliminando físicamente a los otros candidatos —brillantes Cha Seung-won y Park Hee-soon en la versión de Park, inolvidables Ulrich Tukur y Olivier Gourmet en la de Gavras—. Es la competencia laboral llevada al extremo del asesinato.

Lo que realmente te remueve está en los secundarios. Tanto en la cinta de Gavras como en la de Park, los otros candidatos no son villanos, sino hombres con los que es imposible no simpatizar: padres de familia agotados, profesionales caídos en desgracia. Al verlos, comprendes que el protagonista no elimina enemigos, sino reflejos de sí mismo.

Lo que el tiempo no perdona

Aunque Arcadia sigue siendo potentísima e impacta desde el principio —con José Garcia y Karin Viard como el matrimonio Davert—, no es inmune al paso del tiempo. Vista desde 2026, hay detalles que chirrían profundamente. Me resultó especialmente indignante la escena de la hija adolescente con los policías babeando ante ella. Es una secuencia que hoy se siente completamente fuera de lugar; el comportamiento de esos adultos es injustificable y empaña el relato.

También resulta casi arqueológica aquella imagen en la cocina: el hijo sentado leyendo mientras la madre y la hija preparan la mesa, naturalizando una servidumbre doméstica que ya no aceptamos.

La modernidad de Park Chan-wook

Park Chan-wook mantiene una estructura familiar similar, pero dota a la historia de una sensibilidad mucho más actual. El cambio en el personaje de la hija es revelador: la convierte en una niña pequeña, virtuosa del violonchelo y sumergida en su propio universo. Desaparecen así los rastros de aquella mirada turbia del pasado para dar paso a una vulnerabilidad pura.

Además, la figura femenina —una magistral Son Ye-jin— cobra una capacidad de decisión y un peso en la trama que no existían en la versión de 2005. Aquí las mujeres no están para “poner la mesa”, sino para dirigir el relato en medio del caos.

Veredicto: ¿por qué elegir?

Llegados a este punto, me quedo con ambas. Con la Arcadia de Costa-Gavras, por su realismo seco y esa angustia que te corta la respiración al ver a un hombre expulsado del sistema. Pero también con No hay otra opción, por su audacia visual y su talento para convertir esa desesperación en sátira vibrante.

La carrera por los Oscar 2026 está que arde, con rivales como la brasileña El agente secreto o la bellísima Sirât de Oliver Laxe. Sin embargo, aunque la propuesta de Park no ha recibido finalmente ninguna nominación (una de las grandes sorpresas de la temporada para quienes hemos visto su potencial), lo que me llevo de esta experiencia es algo que va más allá de la competición: ese hilo invisible que une a Park con Gavras. Una conexión con la propia historia del cine que nos obliga a reflexionar sobre qué nos queda cuando el sistema decide que ya no servimos para nada.

Y quizás ahí esté la magia de ambas películas: recordarnos que, incluso cuando el mundo nos da la espalda, seguimos siendo capaces de convertir la desesperación en relato, el miedo en mirada. El cine, al final, siempre encuentra otra opción.






Park Chan-wook


domingo, 1 de febrero de 2026

La chica zurda (The Left-Handed Girl / 左撇子女孩) - Shih-Ching Tsou - Taipéi bajo el sol: La dignidad de las manos zurdas


La chica zurda, elegida por Taiwán para representar al país en los Oscar, llega a nuestras salas casi de puntillas, como si su historia no fuera precisamente la que más necesitamos ver ahora mismo. Rodada con iPhone en los mercados nocturnos de Taipéi, la película de Shih-Ching Tsou nos saca del cómodo exotismo turístico para colocarnos al lado de mujeres que luchan por sobrevivir en un sistema que las prefiere invisibles.

A veces, el cine nos da un bofetón de realidad justo cuando pensábamos que solo íbamos a disfrutar de un “privilegio”: el de ver cine asiático en una pantalla grande en Madrid. Es tan poco frecuente encontrar estas joyas en la cartelera que, cuando aparecen, hay que celebrarlas. 

Entrar en la sala para ver La chica zurda (The Left-Handed Girl, 2026), ha sido mucho más que un ejercicio de cinefilia. Para quienes hemos recorrido Asia y nos hemos perdido en sus mercados nocturnos, la película de Shih-Ching Tsou cambia la mirada. Donde antes veíamos, como turistas, el bullicio pintoresco de los puestos de fideos, ahora percibimos la precariedad de unas manos que no descansan.

Desde los primeros acordes —que evocan la delicadeza melódica de Joe Hisaishi en El verano de Kikujiro—, la cinta te envuelve en una luz deliciosa. Pero que el sol de Taipéi no nos engañe: lo que estamos viendo es una lucha feroz por la supervivencia de mujeres que sufren dificultades precisamente por el hecho de serlo.

El reparto: veracidad en cada gesto

Y aquí entra en juego un reparto que transmite esa veracidad con una naturalidad sobrecogedora. Nina Ye, como la pequeña I-Jing (la zurda del título), es una revelación absoluta: con solo seis años y ya veterana de anuncios publicitarios taiwaneses, observa el mundo con una curiosidad infantil que pasa del asombro al miedo sin un solo gesto forzado. Su forma de internalizar el tabú de la “mano del diablo” —robando, jugando, escondiéndose— es tan auténtica que te parte el alma.

Janel Tsai (Shu-Fen, la madre) y Shih-Yuan Ma (I-Ann, la hija mayor rebelde) completan un trío femenino intergeneracional impecable: Tsai carga con el peso silencioso del sacrificio maternal, mientras Ma destila rabia contenida en su trabajo como “betel nut beauty” y sus secretos familiares. Tres actrices con una química que hace creíble cada pelea, cada abrazo, cada silencio compartido. Tsou las dirige con maestría, dejando que sus cuerpos y miradas cuenten lo que las palabras callan.

Hay momentos que cortan la respiración. Me quedé sin aliento con la escena en la que una mujer propone a otra quedarse con su hijo si resulta ser varón, solo para poder repartir una herencia. Es increíble y aterrador a la vez. En ese instante se percibe lo profundo que sigue siendo el patriarcado, incluso en entornos donde la modernidad parece haberlo desplazado. Tsou no juzga, simplemente muestra. Te obliga a pensar no solo en el lugar de la mujer en Asia, sino también en nuestras propias contradicciones.

La propia Tsou ha contado que la película nace de un recuerdo de infancia: su abuelo la regañaba por usar la mano izquierda, todavía vista como una mano “equivocada” o incluso “del diablo” en algunos contextos. A partir de ahí, convierte esa diferencia mínima —ser zurda— en una metáfora de todas las vidas que el sistema prefiere enderezar a la fuerza.

La dirección de Shih-Ching Tsou es magistral 

No hay planos vacíos, no hay diálogos innecesarios. Cada encuadre está cargado porque ella sabe que la cámara debe ser testigo, no intrusa. Tsou filma como quien escucha una confesión: en silencio, sin interrumpir, dejando que el peso de lo no dicho caiga sobre el espectador 

No necesita grandes discursos para narrar el dolor. (SPOILER) La escena del aborto de la joven —sola, enferma, en un baño mugriento— resume la dureza de la película y su grandeza formal: sin artificio, sin sentimentalismo, solo la verdad de una mujer que resiste. Es el tipo de cine que te obliga a dejar de ser turista de la vida ajena para mirar de frente la vulnerabilidad.

La decisión de rodar íntegramente con iPhones no es un simple truco moderno: permite camuflarse en un mercado real, casi de incógnito, conservando los ritmos, los ruidos y los gestos de ese ecosistema sin invadirlo con un equipo de rodaje pesado. Esa ligereza técnica se traduce en una puesta en escena pegada a los cuerpos, a las manos que cuentan billetes, fríen, lavan, sirven, y que rara vez aparecen en el centro del encuadre en el cine comercial.

Cuando las luces se encienden, lo que queda no es lástima, sino respeto. Ver a estas mujeres resistir en un sistema diseñado para ignorarlas remueve algo muy profundo. Salgo del cine con la sensación de que, si pudiera, me quedaría allí mismo para ayudarles a servir un bol de fideos. La chica zurda es una película necesaria porque nos baja del pedestal y nos enfrenta a la realidad con una ternura austera, sin paternalismo. Es una joya que recuerda que nuestra lucha por la igualdad no ha terminado.

Ficha técnica

  • Título: La chica zurda (The Left-Handed Girl / 左撇子女孩)

  • Directora: Shih-Ching Tsou

  • Guion: Shih-Ching Tsou y Sean Baker

  • Reparto: Nina Ye (I-Jing), Liao Yi-Ching (Shu-Fen), Janel Tsai (Shu-Fen, la madre)

  • País: Taiwán / EE.UU.

  • Fotografía: Rodada íntegramente con iPhone en los mercados nocturnos de Taipéi.

(Dato adicional: Tsou, nacida en Taipéi y formada en Nueva York, fue codirectora junto a Sean Baker de Take Out (2004), una mirada dura y humanista sobre los inmigrantes chinos en EE.UU. La chica zurda mantiene ese mismo pulso realista y silenciosamente político, pero con una voz plenamente propia.)   



 


Shih-Ching Tsou