¿Qué estarías dispuesta a hacer si el sistema decidiera que ya no sirves para nada?
Tengo una regla de oro: cuando decido ir al cine, me blindo. Apago el ruido, esquivo los tráileres y me pierdo hasta las entrevistas de los directores para dejar que la pantalla me pille totalmente desprevenida. Quiero que la historia me asalte sin previo aviso y eso fue exactamente lo que ocurrió ayer, día de su estreno en España, viendo en versión original No hay otra opción (No Other Choice).
La última genialidad de Park Chan-wook (박찬욱), protagonizada por un hipnótico Lee Byung-hun (이병헌) y una Son Ye-jin (손예진) que sostiene el relato con una fuerza magistral, me dejó todavía con el impacto en el cuerpo cuando aparecieron los créditos finales... y con ellos, una sorpresa: una dedicatoria explícita a Costa-Gavras. No tardé ni medio minuto en sacar el teléfono para averiguar un dato revelador: el director coreano llevaba años queriendo adaptar la novela The Ax y, cuando por fin se decidió, descubrió que el maestro griego ya se le había adelantado en 2005 con "Arcadia".
Su admiración es tal que decidió rodar su versión como un homenaje, en un proyecto tan personal que incluso la esposa e hijo de Costa-Gavras participaron en la producción. Nada más llegar a casa, la curiosidad pudo conmigo y busqué la cinta original; la tenemos en Filmin, así que el programa doble estaba servido.
El sistema contra el individuo
Ambas películas adaptan la novela de Donald E. Westlake, quien usó el género criminal para diseccionar las ansiedades de la clase media. Nos presenta a un ejecutivo que, tras ser despedido en una reestructuración, descubre que en esta sociedad capitalista saturada, la única forma de recuperar su puesto es eliminando físicamente a los otros candidatos —brillantes Cha Seung-won y Park Hee-soon en la versión de Park, inolvidables Ulrich Tukur y Olivier Gourmet en la de Gavras—. Es la competencia laboral llevada al extremo del asesinato.
Lo que realmente te remueve está en los secundarios. Tanto en la cinta de Gavras como en la de Park, los otros candidatos no son villanos, sino hombres con los que es imposible no simpatizar: padres de familia agotados, profesionales caídos en desgracia. Al verlos, comprendes que el protagonista no elimina enemigos, sino reflejos de sí mismo.
Lo que el tiempo no perdona
Aunque Arcadia sigue siendo potentísima e impacta desde el principio —con José Garcia y Karin Viard como el matrimonio Davert—, no es inmune al paso del tiempo. Vista desde 2026, hay detalles que chirrían profundamente. Me resultó especialmente indignante la escena de la hija adolescente con los policías babeando ante ella. Es una secuencia que hoy se siente completamente fuera de lugar; el comportamiento de esos adultos es injustificable y empaña el relato.
También resulta casi arqueológica aquella imagen en la cocina: el hijo sentado leyendo mientras la madre y la hija preparan la mesa, naturalizando una servidumbre doméstica que ya no aceptamos.
La modernidad de Park Chan-wook
Park Chan-wook mantiene una estructura familiar similar, pero dota a la historia de una sensibilidad mucho más actual. El cambio en el personaje de la hija es revelador: la convierte en una niña pequeña, virtuosa del violonchelo y sumergida en su propio universo. Desaparecen así los rastros de aquella mirada turbia del pasado para dar paso a una vulnerabilidad pura.
Además, la figura femenina —una magistral Son Ye-jin— cobra una capacidad de decisión y un peso en la trama que no existían en la versión de 2005. Aquí las mujeres no están para “poner la mesa”, sino para dirigir el relato en medio del caos.
Veredicto: ¿por qué elegir?
Llegados a este punto, me quedo con ambas. Con la Arcadia de Costa-Gavras, por su realismo seco y esa angustia que te corta la respiración al ver a un hombre expulsado del sistema. Pero también con No hay otra opción, por su audacia visual y su talento para convertir esa desesperación en sátira vibrante.
La carrera por los Oscar 2026 está que arde, con rivales como la brasileña El agente secreto o la bellísima Sirât de Oliver Laxe. Sin embargo, aunque la propuesta de Park no ha recibido finalmente ninguna nominación (una de las grandes sorpresas de la temporada para quienes hemos visto su potencial), lo que me llevo de esta experiencia es algo que va más allá de la competición: ese hilo invisible que une a Park con Gavras. Una conexión con la propia historia del cine que nos obliga a reflexionar sobre qué nos queda cuando el sistema decide que ya no servimos para nada.
Y quizás ahí esté la magia de ambas películas: recordarnos que, incluso cuando el mundo nos da la espalda, seguimos siendo capaces de convertir la desesperación en relato, el miedo en mirada. El cine, al final, siempre encuentra otra opción.
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| Park Chan-wook |








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