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miércoles, 22 de julio de 2026

La odisea de Christopher Nolan: Mucho ruido, poco mito

Esta semana en nuestra sección nos toca hablar de la que nos han vendido hasta la saciedad como "la película del verano": la adaptación de La odisea de Christopher Nolan. Y digo "vendido" porque, como espectadora que busca algo más que fuegos artificiales en la sala de cine, el resultado final se siente exactamente como eso: una enorme y cínica transacción comercial disfrazada de cine de autor.

El espejismo del IMAX (y por qué en España la vemos a medias)

Antes de entrar en materia, creo que es necesario hacer un apunte técnico. Nolan ha concebido y rodado esta película pensando puramente en el formato IMAX de 70mm. Para las que no estéis familiarizadas, no es solo una pantalla un poco más grande de lo normal; es un ecosistema completo donde la película física corre en horizontal para crear un fotograma inmenso, casi cuadrado (con una relación de aspecto de 1.43:1). El objetivo de esta arquitectura, sumado al diseño de grada empinada de la sala, es inundar por completo tu visión periférica, de la cabeza a los pies.

¿El problema? En toda España no existe ni una sola sala capaz de proyectar este formato puro. Así que, vayamos al cine que vayamos, ya partimos con la enorme desventaja de ver una obra "recortada" y adaptada a pantallas convencionales o IMAX digitales que se dejan por el camino gran parte de esa grandiosidad vertical. Dicho esto, y asumiendo que aquí es imposible ver la película tal y como el director la soñó, toca hablar de lo que sí hemos visto, porque me te-mo que el problema de la cinta va mucho más allá del tamaño de la pantalla.

Un casting diseñado por un algoritmo de relaciones públicas

Hablemos del elefante en la habitación. El reparto de esta película es un desastre absoluto, un batiburrillo de rostros conocidos metidos con calzador que no tienen ningún tipo de química ni cohesión en pantalla.

Ver a Matt Damon, Tom Holland, Zendaya, Robert Pattinson, Charlize Theron y Lupita Nyong'o compartiendo este universo no transmite la sensación de estar ante un crisol de culturas, sino ante un escudo corporativo. Y por si faltaba alguna casilla por marcar en el formulario de recursos humanos, ahí tenemos a Elliot Page, introducido en la trama de forma completamente artificial para cubrir la cuota de la "diversidad trans", ejem. Es un casting calculado al milímetro en despachos de Hollywood para acallar cualquier pregunta incómoda antes incluso de que se formule. En lugar de buscar intérpretes que respiren la esencia de los personajes, han rellenado un excel de representación para evitar polémicas en redes sociales, sacrificando por completo la verosimilitud de la historia.

Entretenimiento a ráfagas frente al vacío narrativo

Sería injusta si dijera que el viaje es un completo tedio. Como buen producto de estudio diseñado para no dar un respiro, la película resulta entretenida por momentos y sabe jugar con la tensión cuando se lo propone. Hay destellos de pulso firme, y admito que disfruté genuinamente con la secuencia del gigante Polifemo; ahí es donde verdaderamente sientes el terror, la asfixia y la escala de la amenaza.

El problema es que esos picos de adrenalina son solo eso: pirotecnia visual para enmascarar un vacío abismal. Nolan ha despojado al relato de toda su poesía, su mística y su profundidad existencial para entregarnos un blockbuster ruidoso. Los dioses y el resto de los monstruos están ahí, pero en conjunto se sienten como un mero trámite de efectos especiales, sin el peso simbólico que exige la obra original.

Lo poco salvable: Ítaca y la realidad del asedio

Si hay algo a lo que podemos agarrarnos en estas casi tres horas de metraje, es al retrato que se hace de Ítaca. La trama de Penélope (Anne Hathaway) y la invasión de los pretendientes se despoja de romanticismos baratos. Al menos, el guion acierta al enmarcar el acoso que sufre en su propio palacio como lo que es: pura y dura violencia machista. Es un reflejo crudo de un entorno de poder masculino intentando anularla, y Hathaway defiende el papel con la poca dignidad que la maquinaria del estudio le permite.

El veredicto

Al final, La odisea de Nolan es un monumento a la vanidad de una industria que cree que con talonario y cuotas de pantalla se puede comprar la épica. Parece que al responsable de cintas como Inception, Interstellar, Tenet u Oppenheimer se le ha olvidado un pequeño gran detalle: La odisea no es ciencia ficción ni un puzle temporal, es un mito fundacional. Y los mitos requieren un alma y una sensibilidad que aquí brillan por su ausencia.

Aunque la cinta tiene momentos de tensión bien ejecutados que consiguen entretener, en el fondo es una superproducción hueca, diseñada para la taquilla y los titulares. Una oportunidad perdida que nos recuerda por qué, muchas veces, es preferible refugiarse en el cine independiente o en propuestas de directores asiáticos que sí saben tratar el ritmo y la profundidad de sus historias con el respeto que merecen. En definitiva, podéis ahorraros el viaje.

Reparto principal: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Lupita Nyong'o, Zendaya, Charlize Theron, Samantha Morton, John Leguizamo, Himesh Patel, Jon Bernthal, Bill Irwin, Benny Safdie, Robert Pattinson y Elliot Page.

Christopher Nolan
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Actualización: Después de publicar esta reseña, sentí la necesidad urgente de desintoxicarme de tanta testosterona hollywoodiense y me refugié en mis estanterías. Si queréis saber por qué el poema de hace tres milenios respeta mucho más la inteligencia de las mujeres que este guion del siglo XXI, os he dejado una reflexión completa en mi otro blog. Podéis leerla aquí:  La Odisea de Homero: Las mujeres que sostienen el mito y que Hollywood decidió silenciar

sábado, 11 de julio de 2026

Un taxi en Tokio 東京タクシー Yôji Yamada 山田 洋次


Las salas españolas reciben una de esas pequeñas joyas que invitan a bajar el ritmo y dejarse llevar. Hablamos de Un taxi en Tokio (título original Tokyo Taxi), la nueva película del incombustible director japonés Yôji Yamada. A sus 93 años y con más de 90 películas a sus espaldas, el maestro nipón nos demuestra que la sensibilidad no envejece, sino que se afina con el tiempo. Aunque Yamada suele envolvernos en historias enmarcadas en el shomin-geki o cine de lo cotidiano —fiel a ese retrato íntimo y costumbrista de la gente común—, no debemos dejarnos engañar por su aparente amabilidad. Si como espectadoras prestamos la debida atención, descubriremos que bajo esa pátina de sencillez formal, sus películas siempre esconden una firme y afilada denuncia social.

La premisa de la cinta es tan sencilla como profunda. Una mujer mayor sube a un taxi y, durante el recorrido por las calles de la capital japonesa, el conductor la acompaña por los lugares exactos que han marcado su vida. Lo que comienza como un mero servicio de transporte se transforma en una cartografía íntima de la memoria.

A través de la voz de nuestra protagonista, el asiento trasero del taxi se convierte en un confesionario de la historia. La narración arranca desde las cenizas del 10 de marzo de 1945, fecha del terrible bombardeo incendiario de Tokio a manos de la aviación estadounidense, marcando el inicio de una vida atravesada por la tragedia del país.

La película tiene la valentía de no esquivar temas espinosos para la sociedad nipona. A través de los recuerdos de la pasajera, nos adentramos en su romance de juventud con un muchacho coreano de segunda generación que termina marchándose para reconstruir su país tras la Guerra de Corea. Este episodio es crucial porque pone sobre la mesa una realidad histórica muy dura: la profunda discriminación y las barreras burocráticas casi insalvables para obtener la nacionalidad japonesa que sufría la población de origen coreano.

Pero, como espectadoras, quizás el tramo que más nos estremece es su testimonio sobre los malos tratos. En un reflejo perfecto del machismo sistémico de la época, la cinta nos muestra una conversación donde su propia madre normaliza los golpes argumentando que su marido también lo hacía. La película expone la crudeza de un Japón en el que la violencia machista estaba tan enraizada que golpear a la esposa y a los hijos era una práctica tolerada dentro de las casas. Ese sufrimiento se silenciaba a la fuerza y ni siquiera estaba contemplado como un motivo válido para conceder el divorcio a las mujeres que lo padecían.

Frente a esta avalancha de memoria y dolor, encontramos al volante a un fantástico Takuya Kimura, que nos demuestra una vez más su enorme talla como actor. Su interpretación es el ancla emocional del presente; Kimura construye un personaje que sabe escuchar, que evoluciona desde la cortesía profesional hasta convertirse en el confidente necesario para que estas heridas históricas y personales puedan salir a la luz. Su contención y empatía son el contrapeso perfecto al drama narrado.

Y en el asiento de atrás, poniendo voz a toda una generación silenciada, tenemos a la inmensa Chieko Baishô. A las lectoras habituales de Cosas de Bara seguro que os resulta muy familiar, ya que hace muy poco hablé por aquí de su magistral papel protagonista en Kiri no hata, cinta que, por cierto, también dirigió el propio Yoji Yamada. En esta nueva colaboración, Baishô nos regala una interpretación honesta y conmovedora que carga con todo el peso de la película sin perder un ápice de dignidad.

En definitiva, si buscáis refugiaros en una sala de cine para huir del ruido y las prisas, Un taxi en Tokio es una elección obligatoria. Un viaje pausado y hermoso que, a través de la ventanilla de un coche, nos invita a no olvidar de dónde venimos.

Reparto:

  • Chieko Baishô: Sumire Takano
  • Yu Aoi: Sumire (joven)
  • Takuya Kimura: Koji Usami (el taxista)
  • Takaya Sakoda: Takeshi Ogawa (marido de Sumire)
  • Yuka: Kaoru Usami (esposa de Koji)
  • Runa Nakashima: Nana Usami (hija de Koji)
  • Misuzu Kamino: Nobuko Takano (madre de Sumire)
  • Lee Jun-young: Kim Young-gi (el joven coreano)
  • Takashi Sasano: Seiichiro Abe
  • Sanma Akashiya: Sada, colega de Koji (voz)
  • Shinobu Otake: Keiko la hermana mayor de Koji (voz)



Yoji Yamada